Quien toca tu enlace dentro de Instagram o TikTok cae en el navegador interno de esas apps, sin sesión iniciada: no se suscribe, no sigue, no compra con un toque. Pega aquí el enlace y pasará a abrirse en la aplicación nativa, donde la persona ya tiene su cuenta.
Sin cuenta, el enlace funciona pero no cuenta nada. Con cuenta, ves cuántos toques tuvo, de qué país y de qué dispositivo, que es como se sabe si merece la pena.
En Android, el enlace usa el mecanismo de intents del sistema, con retroceso automático a la web: si la aplicación está instalada abre en el sitio correcto; si no, la persona llega a la página normal sin ver ningún error.
En iPhone, usa el esquema propio de cada aplicación con un retroceso por tiempo: intenta abrir la app y, si no pasa nada en una fracción de segundo, envía a la persona a la versión web. Nadie se queda colgado en una pantalla en blanco.
En la aplicación, tu seguidor tiene la sesión iniciada, historial y suscripciones. En el navegador interno de otra red social es un desconocido anónimo: el botón de suscribirse pide iniciar sesión, y casi nadie escribe una contraseña por un vídeo. El interés existía; la fricción lo mató.
Escribimos sobre esto en detalle en el navegador interno de Instagram y en la guía para hacer que el enlace de la bio abra en la app de YouTube.